3 de junio de 2008



¿Cómo tendría que llamarte? ¿Qué tendría que decir entonces?

Si algún día me encuentras de noche, viajando sin rumbo fijo en alguno de esos autobuses oscuros, recuerda todos los segundos que se nos escaparon buscando un camino. Tal vez daba igual tener a dónde llegar, supongo que por eso siempre acabamos huyendo al mismo sitio.

No importa (¿sabes?), realmente no tiene la menor importancia. Ya he aprendido cómo funciona todo. Si tienes miedo, te callas y si hace frío me ofreces tu jersey y esperas a que acepte. Y yo no acepto porque sé que sería como tenerte un poco más. Y no quiero, no, o al menos no mientras la única respuesta a mi locura sean tus silencios, por miedo, claro. Siempre es el miedo. Contigo siempre es el miedo.

¿Y si el miedo, un día, borra todo este presente? Puede que lo haga y me asusta. Me asusta profundamente que todo esto pueda irse a la mierda sólo porque no lograste ver que siempre supimos querernos.

Olvídalo, todo. Quizá lo único que nos quede sea un ascensor de luces amarillas, de esos con un botón para pedir ayuda (igual, ahora, sea lo que mejor nos venga). O igual lo mejor es que nos bajemos del ascensor, cada uno en su planta y sin mirarnos a la cara.

No vaya a ser que nos avergoncemos de luchar por algo así.

1 comentario:

Marina dijo...

Sabes,qué,Amanda?
Tengo muchísimas ganas de verte(he comprado tizas de colores y dibujaremos magia mientras respiramos Madrid)

y,sabes qué,Amanda?
Te quiero!!
:*