22 de diciembre de 2007

Monotonía de lluvia tras los cristales.






No podía dormir y empezó a dar vueltas en la cama: "¡Maldita la tercera persona del singular!". Eran las dos y veinticinco minutos. Todo estaba callado, tan sólo un golpeteo monótono de gotas tras los cristales empañados por el frío de aquella noche de invierno. Era muy tarde, no porque fuese a dormir pocas horas, éso a quien podría importarle (ahora recordó a unas cuantas personas a las que sí les importaría que todavía estuviese despierta). Era tarde, hablando, por qué no, metáforicamente. Tarde para pensar en lo que pudo haber sido. Tarde para imaginar lo que ya nunca sería .Ella estaba cansada, no físicamente. Estaba cansada de tener que ocultar el nombre de él tras iniciales insípidas. Harta de los domingos, de las mantas que no calientan, de los días de frío en el colegio y de la calefacción estropeada.Todos los tópicos la sacudían de golpe, que sin él no sabía vivir, que mejor sola que mal acompañada; y los refranes le parecían, ahora, más estúpidos que nunca. Sabía que los silencios con una línea telefónica de por medio se agravaban cuando ésta desaparecía. Tenía miedo de escapar cuando debiese ser valiente.


Desde que era una niña había temido al destino, que no al futuro y tenía un pánico indefinido (sí, sí, como los adverbios) a los martes día trece. Siempre que estas dos palabras se acercaban de manera inminente, élla se escondía bajo las sábanas (como cuando somos pequeños y tenemos miedo de ese monstruo comeniños que vive al otro lado del armario); metía el termómetro en su colacao y fingía que estaba enferma. Y ahora lo pienso, y cuando la recuerdo me doy cuenta de su secreto. Sólo era una niña más, con miedo, un poco perdida, anestesiada por el pánico de encontrarse a sí misma en un mundo en que nadie es tan valiente como para afrontar sus propias verdades.


De qué pasó después, de cómo terminó todo, sólo sé que el monstruo comeniños (el que vivía al otro lado del armario) se la comió de un bocado mientras ella repetía, una y otra vez: "¡Maldita la tercera persona del singular!".


Parece que hasta el final estuvo pensando en el miedo (o quizá con él, no se refería a éso).

6 comentarios:

contar ovejas dijo...

ay, mi princesa, tú siempre enredándote en tus metáforas.
eres como una sobredósis de azúcar.

si el monstruo del armario la devuelve al mundo real por que se cansa de escuchar sus "¡Maldita la tercera persona del singular!", dile de mi parte que ella también es tercera persona del singular.

:)

Ene. dijo...

Pero, pequeña, sabes bien que a nosotras los martes trece nos dan suerte. Olvídate de todo. Hay lluvia en verano, y tú y yo... Tú y yo, saltamos de la mano.

(No te voy a soltar.)

Lula Fortune dijo...

Lo mejor para los monstruos del armario es ponerse en el Mp3 una canción de los Sex Pistols y saltar como loca encima de la cama. Te juro que el monstruo saldrá despavorido y no volverá nunca más.
Besos princesa.

Sir John More dijo...

Encantado con tus palabras, Amapola. Dejé hace un momento los primeros cuentos de Cortázar, y pasé sin interrupción a tu blog, y casi la sensación de no haber cambiado de cuarto. Sigue, sigue escribiendo, sabes jugar con los ambientes, pero sobre todo tienes tantos ambientes en ti misma... Y hazle caso a Lula con lo de los Sex Pistols, aunque lo mismo se te hacen más recientes los Gwar. Besos.

Gioconda dijo...

Lindo...:) encontre el blog por medio del blog de ENE...:)

narras fenomeno...
no será que alguna vez todos hemos tenido miedo de correr cuando debemos ser valientes...


te leo... aca me paso siempre

bello tu blog

Alba dijo...

por fin te puedo comentar filliña!
jeje que way ya sabes que me encanta lo que ecribes y otra vez gracias por ayudarme con lo del concurso si esque yo no sirvo para hacer principios xDxDxD
un beso wappaa pasate y me hechas una firmita pliiis jjaaj tqq