23 de julio de 2013



Todavía escribo como una niña pero sigo sintiéndome vieja. Aún hago eso de hablar como si alguien me leyese, como si me leyeses. Sigo sin jugar a videojuegos pero ayer jugamos y fue confuso. 

En el juego eras un personaje que caminaba, corría, saltaba, recogía monedas, vidas, disparaba a los malos, volaba, incluso a veces eras inmune. Todo aquello era peligroso, había balas que volaban y te alcanzaban en cualquier momento ("no son para tanto, se mueven muy lento", decía él). Con un poco de estrategia y algo de suerte podías enfrentarte a cualquier cosa que pasase en la pantalla. Jugamos durante un buen rato y yo no lo hacía demasiado bien, sólo de vez en cuando parecía que había entrado en el juego pero enseguida perdía una vida de nuevo. El motivo era casi siempre el mismo. Había plantas carnívoras, tortugas malignas, fantasmas que lanzaban barriles para derribarte... pero muchas de todas las vidas que perdí no tenían que ver con eso. Solía caerme, todo el tiempo. "Es que vas con mucha prisa" decía él, pero casi siempre él se movía más rápido.

Al principio, con la torpeza que caracteriza a los primerizos y con la que me caracteriza especialmente a mí, me caía por uno de esos agujeros, normalmente porque mis saltos no eran demasiado buenos. Me caía, perdía esa vida y ganaba un poco de esa frustración que, en videojuegos, se traduce en un "lo haré mejor la próxima vez". Porque es lo que sucede con los videojuegos, que siempre que tú lo quieras, puede haber una próxima vez.

Después de muchas rondas así, aprendí a usar un botón nuevo. En ese nuevo botón, que hasta el momento había ignorado, había escrita una "A". Era un botón redondo, perfecto, sin esquinas, no dejaba nada en el aire, no ofrecía posibilidades, daba una única opción: tan sólo púlsame. Resultó que ese botón era una especie de salvavidas de última hora, por lo que también había que ser lo suficientemente ágil para pulsarlo antes de que no hubiese vuelta atrás. En cuanto veía que mi caída por uno de esos huecos al vacío era inminente, debía pulsarlo y así, una burbuja aparecería para flotarme y llevarme de nuevo con mi compañero. 

Pero a mí no me resultaba tan fácil salvarme. Debía jugar, caminar o correr, saltar, enfrentarme a todos los peligros y situaciones, inventar y llevar a cabo estrategias y además, cuando la intrepidez me llevase a caer por un agujero, debía reaccionar rápidamente, entender lo que ocurría, superarlo, darle al perfecto botón de la "A" y ver como era rescatado. Todo esto último pasaba muy rápido, tanto que al final la única posibilidad de sobrevivir era convertir el proceso en un reflejo, un único gesto, rápido, certero. Dejabas de lamentarte por lo que te estaba pasando, por la casi caída y empezabas a salvarte tan rápido como te metías en problemas.

Sabes que no suelo jugar a videojuegos, aunque ayer me gustó hacerlo. Me ha costado un poco, eso sí, lo de volver a poner los pies en la tierra. No es que en estas calles haya todos esos bichos del videojuego, pero siempre puede que encuentres a alguien yendo a por ti donde menos lo esperes. De todas formas, eso no me preocupa demasiado ahora. Lo que sí me asusta más es lo de los agujeros, ya sabes, mi punto débil. He estado pensando en eso de las burbujas que te salvan en el último momento pero no sé a qué botón darle ahora cuando sepa que voy a caerme. 

1 comentario:

Irene dijo...

:)

(creo que eso basta para expresar todo lo que me ha transmitido tus palabras)